Escuché hablar de José Emilio Pacheco cuando asistía a la escuela secundaria. La profesora de español no leía casi nada ella misma (cosa usual) pero solía recomendar libros y alentar el hábito de la lectura entre nosotros.  Una de esas recomendaciones fue el icónico Las Batallas en el Desierto. Lo leí en una sola tarde y a partir de allí mi admiración para con Pacheco no hizo sino crecer. Cuando, ya en la preparatoria, leí gracias a la copiosa biblioteca escolar El Principio del Placer y un par de tomos de poesía, me confirmé que me encontraba ante un poeta excepcional y un narrador extremadamente hábil.

Yo nunca pude hablar con él. Sin embargo, me alegraba por sus triunfos y leer la columna Inventario, que publicaba en el semanario Proceso, era una actividad que no me perdía. Me gusta leerlo porque posee claridad y sonoridad al mismo tiempo. El lenguaje de Pacheco era el lenguaje de todos los días, pero elegido con precisión de relojero y llevado de nuevo a punto de ebullición. Pacheco era para mí una de esas personas lejanas, pero siempre presentes. Él, como Carlos Fuentes, era una voz para muchos de nosotros, una estrella a la que mirábamos arder con admiración y con cariño.

Fue un golpe duro enterarme de su muerte. En cuanto me enteré, sentí dentro de mí un tremendo desasosiego. Estoy convencido de que con él se fue uno de los más diestros poetas mexicanos. Saber que ahora la república de las letras tendrá que manejarse sin él es una realidad dura.  A diferencia de otros talentosos poetas y escritores mexicanos, Pacheco no tendió nunca a la divinización de su propia imagen. Se puede apreciar en los diálogos con estudiantes que hay en YouTube que, ante todo, el poeta era un escucha apasionado. Era un hombre modesto.

¿Qué sigue? Los homenajes multitudinarios, las filas interminables en el Colegio Nacional -extraño que su familia haya elegido este recinto y no el mausoléico Palacio de Bellas Artes-, las columnas y los obituarios en las revistas y periódicos. Todo eso es en realidad una forma de culto reverencial que le conviene muy poco a un escritor. Nuestro país, en su complejo de inferioridad permanente, tiende a deificar a cualquier miembro destacado de la comunidad. Pero los homenajes y las conmemoraciones sólo servirán para anquilosar la figura del recién difunto; convertirlo en una nítida e inaccesible pieza de museo. La mejor manera de recordar a Pacheco es a través de sus poemas, sus narraciones o sus traducciones. Pocas veces se pueden admirar poetas que, en su hablar, reconstituyan la magia del lenguaje.  Poetas que, con sus palabras, creen un mundo todavía más real que la vida misma. Pacheco siempre fue uno de esos. Reproduzco a continuación aquí uno de sus poemas que más me gusta:

 

Elogio de la fugacidad

Triste que todo pase…

Pero también qué dicha este gran cambio perpetuo.

Si pudiéramos

Detener el instante

Todo sería mucho más terrible.

¿Pueden imaginar a Fausto de 1844, digamos,

Que hubiera congelado el tiempo en un momento preciso?

En él hasta la más libre de las mujeres

Viviría prisionera de sus quince hijos

(Sin contar a los muertos antes de un año),

Las horas infinitas ante el fogón, la costura,

Los cien mil platos sucios, la ropa inmunda

—Y todo lo demás, sin luz eléctrica y sin agua corriente.

Cuerpos sólo dolor, ignorantes de la anestesia,

Que olían muy mal y rara vez se bañaban.

Y aún después de todo esto, como perfectos imbéciles,

Nos atrevemos a decir irredentos:

<<Qué gran tristeza la fugacidad, ¿Por qué tenemos que pasar como nubes?>>

 


Ricardo Suasnavar (Azcapotzalco, 1994) es poeta, traductor y ensayista. Ha sido publicado en diversos medios impresos y digitales. Mantiene columnas de opinión en distintos medios del Estado de México y el Distrito Federal. Ha expuesto poemas gráficos e interactivos en instalaciones de arte contemporáneo. Compuso en colaboración con el artista multidisciplinario Yeudiel Infante piezas de experimentación poético-musical. Traductor del inglés, el catalán y el francés. Co-editor de la revista trimestral “Esquirla” y campeón del torneo de poesía de la editorial Verso DestierrO “Adversario en el Cuadrilátero” 2013.

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