¿Puede un poema cambiar al país? No.

¿Puede una novela o un cuento cambiar al país? No.

¿Puede un reportaje cambiar al país? Quizá.

 

Las funciones de la literatura son múltiples, aunque la más inmediata de ellas es, sin duda, la referida al periodismo. No por nada Paco Ignacio Taibo II decía en la primer parte de Olga Forever (“Sintiendo que el campo de batalla”, sí, así se llama), que la mejor literatura es, precisamente, el periodismo.

Además de que “es la última pinche barrera que nos impide caer en la barbarie (…) Es la clave de la democracia real, porque la gente tiene que saber qué está pasando para decidir cómo se va a jugar la vida”, le dice un tal profe Santos a Olga Lavanderos, periodista defeña y protagonista de dicha novela.

Es evidente que ni los poemas ni las novelas cambian países. Los reportajes, en cambio, son capaces de desestabilizar todo un sistema político y, por ende, generar cambios en la vida social de cada persona. En México, por ejemplo, el equipo de investigación de Carmen Aristegui dio a conocer en fechas pasadas la famosa y ahora mundial “Casa Blanca” de Angélica Rivera, y el evidente conflicto de interés que significaba su edificación. Sin Embargo y Reforma, por su parte, han documentado las ejecuciones extraoficiales de Tlatlaya y hasta la vida de los cárteles más sangrientos que hayan existido en la historia de la humanidad, como el de los Caballeros Templarios. Todo ello ha generado atisbos, discursos y regaños internacionales en contra de nuestras despreciadas autoridades mexicanas.

Si al principio dije que los reportajes QUIZÁ logren cambiar un país, se debe específicamente a las condiciones de gobernanza de cada nación. Queda claro que en México, este QUIZÁ es más un no que un sí, ya que ni la desaparición de los 43 normalistas ni las ya expuestas adjudicaciones directas que la presidencia hizo en pos de algunas residencias han logrado la destitución de Enrique Peña Nieto como presidente de la república.

Como dice el refrán popular, “sólo en México” puede ocurrir lo anterior, dado que los trabajos de investigación periodística antes referidos habrían causado, al menos en otros países, más que cientos de memes y una sensación de profunda vergüenza en torno a esta nación.

¿Cuál es, entonces, la función de la literatura más estética y menos informativa? Exactamente la misma.

Los poemas no cambian países. Los cuentos no cambian países. Las novelas no cambian países. Las personas que leen poemas, cuentos y novelas, en cambio, sí pueden cambiar países.

Al igual que la pintura, la música y otras tantas artes, la de la literatura siempre debe ser una función social, que permita establecer las condiciones para que cuando uno tienda la mano, desde afuera, desde lo otro, como diría Cortázar, pueda existir otra mano que asista a la primera. Así es como verdaderamente se cambia un país.

 


Mario Galeana Juárez (Puebla, México, 1992) Estudia la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Sus blogs: http://allaenayautlaellantollora.wordpress.com/  yhttp://laspiedrasqueruedan.blogspot.mx/

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