Comenzaré con una opinión muy poco popular en estos tiempos: no me gustan los automóviles. Los encuentro caros, feos las más de las veces y poco prácticos. Es cierto que tienen sus ventajas, pero estas son prontamente superadas por sus inconvenientes: contaminación, embotellamientos, accidentes de tránsito, poco contacto con la realidad y, en fin, otros lastres que convierten a este medio de transporte en un obstáculo para el crecimiento adecuado y sustentable de las ciudades.

Y no estoy peleado con la idea del motor de combustión, sino con el modelo que se ha asociado con este invento. Es insostenible una ciudad de veinte millones de habitantes donde todos aspiran a tener un vehículo propio y utilizarlo como único medio de desplazamiento. En nuestra ciudad es común y hasta natural utilizar el carro para avanzar unas cuantas cuadras. Para tramos cortos (unos tres kilómetros, considerando que uno no tiene problemas de movilidad) lo más cómodo y barato es caminar, pero insistimos en utilizar el automóvil. Parece no incomodarnos el hecho de tener que llevar con nosotros una tonelada de acero y fibra de vidrio, gastar en gasolina, soportar el tráfico y luego encontrar lugar de estacionamiento. Eso sin contar la increíble cantidad de contaminantes generados por el coche. Para colmo de males, hay quienes cometen este tipo de acto a solas, emitiendo así una cantidad ridícula de CO2 para el transporte de una persona.

Aun si tuviéramos que recorrer distancias más largas o poco adecuadas para su tránsito a pie (punto al que pasaré más adelante), se puede evitar el uso del coche particular recurriendo al transporte público. Cierto es que, cuando menos en ciertas zonas, desplazarse en combis y camiones es sinónimo de poner en riesgo la propia integridad personal, pero este argumento se cae por sí solo. Si hay asaltos en el transporte es precisamente por su condición marginal: lo utiliza solo la gente de bajos recursos, está poco iluminado, la regulación es mínima (si no es que nula) y, lo más importante, nadie protesta por ello. Una campaña organizada por parte de la población civil que presione a las autoridades para que garanticen seguridad en el transporte es necesaria.

Una ventaja insospechada de ser un peatón ─o un ciclista, primo hermano del primero y nuestro aliado en la lucha por la recuperación del espacio público─ es el contacto directo con el entorno. La gente y la belleza arquitectónica y natural se nos presentan de una manera más directa: imposible admirar el centro histórico desde un automóvil, pero nada como caminarlo para descubrir cada uno de sus matices. Además, recordando las reflexiones ciclistas de Sandro Cohen, los automovilistas tienden a la conducta irracional. Trepados como están en su vehículo, no se dan cuenta de lo agresivas que son la mayoría de sus acciones: son capaces de ocasionar un accidente con tal de ganar un lugar en el carril de junto. Es cosa de todos los días escuchar mentadas de madre proferidas por un conductor que deja ver su educación en tan solo cinco pitidos de su claxon. En cambio, peatones y ciclistas tienden a ser más amables. Citando al maestro Cohen: “Es así porque su contacto con todo está siempre a flor de piel, no está encerrado en una burbuja de acero y vidrio templado. Su relación con la realidad circundante es de primera mano e inmediata, mucho más íntima. Entiende que la benevolencia no es un lujo o cuestión de santidad, sino de supervivencia en un lugar que puede llegar ser en extremo hostil.”

Eso da pie a reflexionar sobre la relación entre peatón y seguridad pública. El espacio idóneo para cometer crímenes es la calle oscura, poco transitada, sin paseantes que nos puedan sorprender. Los peatones reactivan el espacio público al utilizarlo. Buen ejemplo de ello son los bajopuentes del Circuito Interior, que se han transformado en parques, gimnasios públicos o tiendas, desapareciendo así los asaltos que solían caracterizarlos.

Se puede construir una ciudad mucho más cómoda y amigable si la construimos pensando en peatones y ciclistas, no en carros. Eso porque las ventajas inmediatas son muchas: no gastan gasolina, no contaminan, no emiten ruido, no ocupan tanto espacio, no provocan accidentes mortales y no dañan el estado de las calles ─reduciendo así los gastos en repavimentación y saneamiento de baches─. Todo esto sin contar un beneficio a largo plazo: caminar o andar en bicicleta significan también hacer ejercicio, mejorando las condiciones de salud y evitando desembolsar dinero en hospitales.

Claro que la pasada descripción, casi idílica, requiere de ciertas condiciones: seguridad pública en las calles para garantizar un paseo tranquilo, pero también la infraestructura urbana necesaria para que el ciudadano se sienta a gusto caminando o pedaleando: banquetas amplias, lugares de descanso, sombra que asegure un espacio fresco y demás minucias necesarias para que el transeúnte no se vea obligado a recluirse en la falsa seguridad de un automóvil.

Una ciudad con preferencia por los peatones es una ciudad más moderna y amigable. Está en todos nosotros comenzar esa transición.

 


Ricardo Suasnavar (Azcapotzalco, 1994) es poeta, traductor y ensayista. Ha sido publicado en diversos medios impresos y digitales. Mantiene columnas de opinión en distintos medios del Estado de México y el Distrito Federal. Ha expuesto poemas gráficos e interactivos en instalaciones de arte contemporáneo. Compuso en colaboración con el artista multidisciplinario Yeudiel Infante piezas de experimentación poético-musical. Traductor del inglés, el catalán y el francés. Co-editor de la revista trimestral “Esquirla” y campeón del torneo de poesía de la editorial Verso DestierrO “Adversario en el Cuadrilátero” 2013.

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