Cuando tenía trece o catorce años compré en un puesto de libros un título del que había oído hablar insistentemente pero que yo no había leído. Estoy hablando de El laberinto de la soledad de Octavio Paz. Fue un cambio deslumbrador. Hasta entonces, yo leía por diversión y por entretenimiento. No me había dado cuenta del gran abanico de posibilidades que la literatura le brinda al espíritu humano y, casi sobra decirlo, por mi cabeza ni siquiera rondaba la idea de ser escritor.

Pero en cuanto empecé a leerlo me di cuenta de que ese libro me iba a cambiar la vida. No por sus teorías sobre el mexicano (debatibles todas, insostenibles algunas), sino por algo más profundo y más estremecedor: un uso puntual, meticuloso del lenguaje. Fue Paz el primer autor al que leí crear verdaderos incendios verbales, levantar en unas pocas frases un castillo y luego, con el golpe demoledor de una sola locución, reducirlo a poco más que escombros. En otras palabras: lo que me impactó de Paz no fue la inteligencia desplegada en los ensayos que componen El laberinto, sino la tremenda astucia, casi de relojero, con la que elegía las palabras y con la que construía oraciones. Paz, incluso en sus ensayos más inmediatos y terrenales, no dejó nunca de ser, esencialmente, un poeta.

Naturalmente, hay mucho de recriminable en su persona. Después de todo, Octavio Paz no es ninguna especie de santo. Ningún escritor lo es: aquel que aspira a vivir una vida de acciones intachables será probablemente el primer condenado. Paz encarna varios vicios de la cultura mexicana, no todos creados por él, pero sí ejercidos y solapados: la tendencia a formar mafias culturales, el elitismo, la cerrazón, la poca tolerancia con las ideas disidentes, la cercanía peligrosa con el estado y con los medios (que, al menos en México, forman una mancuerna siniestra y poderosa) y, en fin, todos los males de los que los involucrados en cultura nos quejamos y nos quejaremos más de una vez. Sin embargo, Paz fue también un pensador lúcido. Reflexionó sobre el estado mexicano como pocos otros escritores (según yo, a El Ogro Filantrópico sólo puede compararse el Tiempo Mexicano), combatió el autoritarismo, denunció las contradicciones ideológicas en las que cayeron sus antiguos compañeros de batalla y tuvo la entereza de renunciar a representar al gobierno díazordacista cuando se cometieron los crímenes de 1968.

Y es que no se puede alegar que Paz no supiera de lo que hablaba. En su juventud, fue un izquierdista revolucionario (él mismo dijo que cuando joven deseaba ser más revolucionario que poeta), asistió al encuentro español de 1937 en defensa de la república en plena guerra civil y, en fin, consagró su juventud a la lucha. Más viejo, es cierto, parece que esa irreverencia y ese arrojo se fueron apagando. Poco tiene que ver el Octavio Paz de 1940 o 1950 con el que recibió el Nobel en 1990. Pero incluso en sus últimos años pudimos leer algunas obras de gran valía, ahí está su diálogo con Francisco de Quevedo para recordarlo.

Esta columna no tiene el objetivo de crear una breve semblanza del oriundo de Mixcoac, tampoco de levantar una caterva de ataques o prenderle inciensos dorados de veneración. El único fin de este texto es, en su centenario de nacimiento, recordarlo con agradecimiento y con cariño. Después de todo, sin él yo nunca me hubiera metido a poeta.

 


Ricardo Suasnavar (Azcapotzalco, 1994) es poeta, traductor y ensayista. Ha sido publicado en diversos medios impresos y digitales. Mantiene columnas de opinión en distintos medios del Estado de México y el Distrito Federal. Ha expuesto poemas gráficos e interactivos en instalaciones de arte contemporáneo. Compuso en colaboración con el artista multidisciplinario Yeudiel Infante piezas de experimentación poético-musical. Traductor del inglés, el catalán y el francés. Co-editor de la revista trimestral “Esquirla” y campeón del torneo de poesía de la editorial Verso DestierrO “Adversario en el Cuadrilátero” 2013.00

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